sábado, 1 de marzo de 2014

si te arrebataran tu don más preciado? III

SI ME ARREBATARAN MI DON MÁS PRECIADO,
VERÍA COSAS RARAS

Cuando me invitaron a participar en este proyecto, encontré que era una idea curiosa, llamativa, quizá un poco excéntrica, pero nada más. Nunca imaginé las consecuencias que me traería el solo hecho de plantearme una pregunta tan aguda como la que da origen a esta narración.
Consciente de que los lectores estarían ansiosos por leer algo escrito por mí, ese mismo día llegué a casa, me serví un vaso de whisky, me instalé frente al computador y me enfrenté al desafío de escribir estas letras. Tengo que hacer la salvedad de que, cuando éstas acudieron a llenar la hoja en blanco, apenas si había tocado mi trago. Así es que les puedo asegurar que estaba completamente sobrio.
Pasé largos minutos pensando sobre la pregunta y poco a poco me fui dando cuenta de que ésta encerraba más de una trampa. Porque, en primer lugar, necesitaba descubrir cuál es mi don más preciado y, créanlo o no, me di cuenta de que nunca había reflexionado acerca de ello. Por eso, no tenía idea de cuál era, en realidad. Eso me resultó algo molesto, pues no podía comenzar mi relato, si no tenía su motivación.
Este ejercicio, que en un principio parecía sencillo, resultó ser más complejo de lo que había imaginado. Y, lo que es aún mejor, terminó siendo realmente enriquecedor. Así lo sentí cuando descubrí que mi don más preciado estaba allí mismo, frente a mis ojos, saltando incesantemente en la hoja vacía  del procesador de texto.
—¡Cuánto adoro inventar historias! —exclamé cuando caí en la cuenta.
No sé si habrá sido una verdadera revelación, pero al menos yo lo sentí así. Había descubierto algo tan valioso y tan hermoso, que quise gritarlo con alegría. Pero me contuve de hacerlo, pues me pareció demasiado pronto para celebrar. Además, sabía que estaba a punto de chocar con la segunda trampa: de qué manera se puede perder un don como el mío.
Esta parte fue menos reflexiva, es más, fue bastante frustrante. Ahí estaba yo, frente a la poderosa herramienta que me facilitaba plasmar, dejar fluir y dar vida a mis ideas, pero me estrellé de frente con la falta de motivación para mi relato. Que no se malentienda, yo estaba muy entusiasmado con escribirlo, pero no tenía el hilo conductor para construir la historia. Comencé por anotar algunas frases sueltas, pero ninguna de ellas era capaz de unirse a las otras.
Miré de reojo el vaso que estaba junto al teclado y lamí mis labios, tentado por el líquido dorado que me invitaba a recibir su etílico estímulo. Estiré mi mano para coger el recipiente de cristal y llevármelo a la boca, cuando ocurrió algo impensado:
—¡Ja! ¡La solución del cobarde! —dijo una vocecita que por poco y me hace derramar el whisky  sobre el teclado.
Asustado, miré en todas direcciones buscando el origen de aquella voz, que parecía estar burlándose de mí, pero no logré ver a nadie.
—¿Se te perdió algo? —insistió con insolencia.
—Buena broma —dije yo, sin que la situación me causara la menor gracia—. Ahora muéstrate.
Silencio. Supuse que aquello habría sido objeto de mi imaginación, lo que me hizo temer cierta esquizofrenia, pero, después de sacudir la cabeza, me olvidé de ello y decidí volver a lo mío. Sin embargo,  mi mente prefería seguir divagando y pensando en aquella voz imaginaria que me había fastidiado.
—No te esfuerces —volvió a resonar, justo cuando me disponía a tipear—. No lo vas a conseguir.
—¿Por qué estás tan seguro? —pregunté yo, pasando por alto el hecho de estar conversando con las paredes.
—Porque no quiero que escribas.
—¿Y se puede saber quién demonios te crees que eres?
Silencio nuevamente. Un escalofrío recorrió mi espalda al terminar mi pregunta, momento mismo en que una pequeña figura humanoide se interpuso entre la pantalla y yo. “Mierda, de verdad es un demonio”, pensé al verlo tomar forma.
—¡Déjate de tonterías, los demonios no existen!
                Me quedé helado. ¿Cómo sabía lo que estaba pensando? Además, ¿por qué no iba a creer en la existencia de demonios, si estaba viendo a aquella criatura imposible allí mismo?
                —¿Qué te dije? ¡Los demonios no existen, y punto!
                —Ya, bueno, pero cálmate —atiné a decirle, cansado ya de su actitud agresiva.
                No debí llamarle la atención. Primero por el hecho de que no hay que hacer enojar a un demonio, aunque la criatura se empeñara en decirme que no lo era. Pero principalmente porque al instante siguiente, figuraba yo en el centro de la ciudad, en medio de una marcha de estudiantes, premunido de una vistosa espada japonesa.
                Aquello carecía por completo de sentido. Yo no tenía nada que estar haciendo allí, mucho menos armado, rodeado de jóvenes idealistas y policías con caras de pocos amigos. De pronto todo se volvió aún más confuso y, sin mediar provocación, los segundos comenzaron a aporrear a los primeros y, peor aún, las emprendieron en mi contra. Entonces, ignorando de dónde saqué el valor para hacerlo, saqué la espada de su vaina y comencé a lanzar cortes a diestra y siniestra, arrasando con cuanto policía se cruzaba en mi camino. Cada vez que veía a uno de ellos a la cara veía el rostro del pequeño demonio que me había arrebatado mi don más preciado, y con más furia me defendía.
                Cuando la intensidad la batalla disminuyó, me miré las manos y las pasé por mi cara cubierta de sudor. Los estudiantes me vitoreaban como a un héroe, pero según yo, había cometido un acto criminal atroz. Sin embargo, al voltearme a mirar el reguero de cadáveres que supuestamente había dejado a mi paso, me sorprendí al ver que de las cabezas y cuellos cercenados se asomaban restos metálicos, cables y fibras sintéticas.
                —¿Todo eso hay en tu cabeza? —inquirió el demonio que aún estaba parado ante la pantalla de mi computador—. Ahora si estoy convencido. Eres un sujeto raro, pero te respeto.
                Era la primera vez que le oía usar un tono algo más amable, aunque nunca supe si sus palabras ocultaban algún tipo de halago o qué. El caso es que no me gruñó más y me dijo:
                —Antes de irme, quiero pedirte una cosa.
                —¿Te vas tan pronto?
                —Si quieres que me quede, me quedo. Pero creo que mi presencia aún te incomoda.
                Tenía razón, mi pregunta era bastante estúpida.
                —Bueno, lo que te quería pedir —continuó—: cuando escribas sobre mí…
                —¿Si?
                —Deja bien clarito que no soy un demonio, ¿bueno?
                —Así lo haré. Te lo promet…
                No alcancé a terminar mi promesa. La criatura se desvaneció. Al final nunca supe qué era. Sólo sé que se dio el gusto de arrebatarme mi don más preciado, lo que a su vez me hizo ver cosas muy raras. Ah, y también sé que él no era un demonio. Está claro, ¿cierto?
               
                

martes, 4 de febrero de 2014

si te arrebataran tu don más preciado? II

SI ME ARREBATARAN MI DON MÁS PRECIADO,
INMEDIATAMENTE BUSCARÍA UNO NUEVO

Tras varias horas de viaje, Sandra tenía la sensación de que iba a necesitar un marcador indeleble para devolverle la forma a su integridad física. Estaba agotada, prácticamente no había podido dormir durante toda la noche, pero cargaba con una felicidad tan inmensa tras aquel memorable fin de semana, que bien poco le importaba.
Y es que los cerros de su norte querido son una maravilla inexplicable, que va más allá de los portentosos efectos de los cataclismos y la erosión con que el agua y el viento le han ido dando forma a esa tierra durante eones. Y es que se respira allí una energía fascinante, que es fácilmente perceptible, aún para el menos versado. Y Sandra estaba lejos de serlo. Ella conocía de sobra aquella sensación revitalizante y ese fin de semana se había dado el gusto de hacerla suya.
Durante toda su estadía en aquellos parajes remotos, alejados del ruido de la civilización, la rutina fue la misma: se levantaba muy temprano al amanecer, tomaba un nutritivo desayuno y se marchaba para recorrer los cerros durante horas, haciendo gala de una agilidad única. Al principio lo hizo con timidez, pues hasta la fecha no había probado sus nuevas habilidades, por lo que tenía la precaución de moverse con cautela, procurando mantener a la vista lugares seguros donde apoyarse. Pero a medida que fue ganando confianza, su cuerpo comenzó a experimentar la emoción que producía la adrenalina de ver como sus piernas eran capaces de impulsarla a dar saltos más de tres metros para alcanzar lugares que parecían inaccesibles hasta entonces. También su velocidad y resistencia eran impresionantes, lo que le permitió no solo recorrer largas distancias, sino también aventurarse por lugares  que hasta entonces desconocía, sin sentir el más mínimo cansancio.
Pero Sandra seguía siendo humana y tamaño esfuerzo físico término por agotarla. A pesar de ello, una vez que se bajó del bus, en lugar de irse a casa, partió de inmediato a su trabajo, pues tenía compromisos que atender.
Aquel día fue increíblemente aburrido, pero a Sandra parecía no importarle. El recuerdo de las aventuras vividas durante las jornadas anteriores era aliento suficiente para soportar el tedio de las interminables reuniones y el cansancio del viaje. Además, ansiaba la pronta llegada de un nuevo fin de semana, para salir a pasea cerca de la ciudad y volver a poner a prueba sus nuevas habilidades.
Sin embargo, al llegar a casa al anochecer, una desagradable sorpresa amenazaría con arruinar su glorioso estado de ánimo: al desempacar su maleta de viaje, comprobó que algo importante faltaba. Maquinalmente revisó el brazalete que rodeaba su antebrazo izquierdo, para ver si había de dejado instalado el objeto perdido, pero no lo encontró. Estaba segura de haberlo guardado en un estuche de su maleta, pero tras darle vueltas varias veces, no pudo encontrarlo. Al parecer, alguien había estado hurgando en su equipaje y sustrajo la pequeña tarjeta de grafeno, arrebatándole más preciado que un simple chip.
Al no tener con quien compartir o descargar su molestia, Sandra se fue a dormir pensando en qué lugar le podrían haber robado el implante milagroso que le había dado tan magníficas habilidades. Pero tan cansada estaba, que pronto logró conciliar un sueño profundo y reparador. Así, al despertar a la mañana siguiente, comprobó que su enfado se había desvanecido y que su humor había vuelto a ser el de los días pasados.
Salió de su casa muy contenta, pensando en lo que haría al mediodía, lo que hizo que la mañana se le pasara volando. Cuando por fin llegó la hora anhelada, en lugar de irse a almorzar, partió a una tienda cercana dispuesta a conseguirse un nuevo don.
—Buenas tardes —le saludó cordialmente el dependiente—, ¿en qué le puedo servir?
—Hola —contestó Sandra con una sonrisa—. Quiero un implante, por favor —dijo a continuación, exhibiendo el brazalete de su antebrazo.
—¿Busca alguno en particular?
—Mmm...
Sandra se tomó un momento para pensarlo, pues pese a estar decidida a adquirir uno nuevo, no estaba segura de lo que quería, en realidad. Creía que le bastaría con uno similar al que había perdido, pero en ese momento, frente al vendedor, tuvo la certeza de que no era eso lo que buscaba. Ella quería algo que pudiera apreciar de verdad.
—Ya sé —dijo con una sonrisa algo malévola—, ¿tienes alguno que me permita patearle el trasero al maldito bastardo que se atrevió a arrebatarme mi don más preciado?


martes, 5 de noviembre de 2013

si te arrebataran tu don más preciado? I

SI ME ARREBATARAN MI DON MÁS PRECIADO,
ME HUNDIRÍA EN EL FOSO MÁS PROFUNDO

En los ojos del muchacho se evidenciaba ese brillo especial que solo la tristeza es capaz de otorgar. Su mirada era el fiel reflejo de lo que sentía su alma, a través de ella podía apreciarse el dolor que quería estallar en un mar de lágrimas, pero que había sido incapaz de fluir. Tan intensa era la sensación, que Emilio llegó a pensar que el resplandor de sus ojos podía delatar su ubicación en la oscuridad. Era una sensación insoportable, pues, si había decidido ir a perderse en los bosques de su Comarca, era precisamente porque no quería ser encontrado.

Cansado de tanto deambular, se sentó bajo un frondoso árbol, apoyó la espalda contra el tronco, juntó un montoncito de piedras y las apiló al alcance de su mano. Después de juguetear con ellas por unos minutos, cogió una y la lanzó con fuerza. Decepcionado comprobó que el pequeño guijarro lejos estuvo de acertar en su blanco.  Si hubiese hecho lo mismo unos pocos días antes, el improvisado proyectil se habría estrellado estrepitosamente contra el piño que colgaba de las ramas del pino que tenía frente a sí. En lugar de eso, la piedra se había extraviado irremediablemente en la distancia. Emilio sabía que ocurriría lo mismo si volvía a intentarlo así, que se abstuvo de hacerlo, y abrazó sus piernas con resignación.

—Ya no vale la pena —se lamentó.

Ansioso por llorar, aunque fuesen un par de míseras lágrimas, el muchacho ocultó la cabeza entre las rodillas y trató de liberar su frustración. Pero fue inútil, el llanto se negaba a brindarle un momento de desahogo. Estiró su mano derecha, buscando a tientas las piedritas y, cuando logró dar con ellas, las aprisionó con tal furia dentro del puño, que éstas quedaron marcadas en la piel de su palma, casi al punto de provocarle llagas con sus afilados bordes. Cuando ya no aguantó más la dolorosa sensación, lanzó con todas sus fuerzas el manojo y dejó caer con dureza su mano abierta sobre el suelo. Era todo lo que podía hacer con su rabia.
Emilio estaba seguro que no había nadie en el mundo que fuese capaz de comprender lo que estaba sintiendo y, por lo mismo, se negaba regresar a casa, aun cuando sabía que sus padres debían estar preocupados por él. Pero se sentía incapaz de enfrentarlos, de mirarlos a la cara y pedirles perdón por haberlos humillado como lo había hecho. Sentía que en un sola jornada había mancillado el buen nombre de su padre y que había destrozado el corazón de su madre. Simplemente no tenía cara siquiera para pedirles perdón.

En lo que a él mismo se refería, por su parte, sentía que se había convertido en un ser incompleto, alguien a quien le habían arrebatado su don más preciado, aquello que más gozaba en la vida, lo que lo hacía diferente de los demás. Estaba herido, y comenzaba a culpar al mundo por su desgracia.

Un tercer día pasó desde que decidiera abandonarlo todo para perderse en el bosque. Conocía como nadie cada rincón de la floresta y sabía muy bien cuáles eran los lugares donde era menos probable que lo buscaran. Sin perjuicio de ello, se vio obligado a merodear siempre cerca de los arroyos, pues, a pesar de que tomaba mucha agua, siempre estaba sediento. Era extraño, pero quizás al cargar con una tristeza tan grande, era natural sentirse deshidratado. Pobre Emilio, iba a pasar mucho tiempo antes de que supiera la verdad.

Aquel tercer día fue el peor de todos. Despertó a causa de una intensa comezón que se apoderó del rasguño que lucía uno de sus brazos; además de los gritos, demasiado cercanos, de gente que lo buscaba. Preocupado por la posibilidad de ser descubierto, abandonó a toda prisa su refugio y se escabulló para recuperar los objetos que había abandonado en medio del bosque y que podían delatar su ubicación. La situación era bastante absurda, pues Emilio estaba lejos de ser un fugitivo. Todo lo contrario, si lo buscaban, era porque su familia estaba preocupada por él. Pero el muchacho era incapaz de darse cuenta de ello, estaba tan obnubilado por la rabia y el dolor que estaba sintiendo, que optó por vivir aquella experiencia en soledad.

Por ello, cuando se dio cuenta de la proximidad de quienes lo buscaban, Emilio apuró el tranco para encontrar sus pertenencias antes de que otro lo hiciera, pero su prisa lo llevó a ser más descuidado e impulsivo, exponiéndose a ser descubierto en un par de ocasiones. Era mucha gente la que andaba tras sus pasos, muchas personas que, según él, querían atraparlo para reprocharle su derrota, para burlarse de él en su cara, para humillarlo por su desgracia. Su enfado era como una nube cegadora, una cortina de engaño autoimpuesta, que le distorsionaba su percepción de la realidad. Y él se estaba abandonando a ella, dejándose llevar por sus malos pensamientos, por la desconfianza, por una suerte de torbellino emocional que lo estaba privando de razón.

Pese a todo, Emilio logró dar con los objetos abandonados antes que sus "perseguidores". Estaban tirados en el suelo, precariamente cubiertos por algunas hojas secas y algo de tierra, por lo que era bastante fácil apreciarlos a simple vista, a pesar de lo tupido que era el bosque en ese sector. Eso podría hacer pensar que Emilio había sido bastante negligente, si lo que pretendía era permanecer oculto en la floresta, sin poder ser hallado. Sin embargo, cuando se internó por los senderos boscosos, su única intención era encontrar un lugar apartado donde poder llorar a solas y en paz, sin que nadie lo molestara. Él simplemente había abandonado sus cosas para no cargar con el peso emocional que éstas representaban para él. Ahora no eran más que un estorbo.

Aún apremiado por la cercanía de aquellos que lo buscaban, Emilio cogió a toda prisa sus pertenencias y se dispuso a correr para perderse en lo más profundo del bosque. Pero antes de eso, por su mente pasó fugazmente un pensamiento macabro que, una vez que recapacitó sobre él, le espantó de sobremanera, obligándose a abandonarlo de inmediato. Y es que, a pesar de lo demencial de su situación, Emilio estaba lejos de convertirse en un ser maligno.

Una vez que el muchacho consiguió evadir a todos y cada uno de los grupos de búsqueda que andaban tras sus pasos, encontró su tan ansiada soledad. Pero, lejos de hallar en ésta un respiro, descubrió que para lo único que iba a servirle sería para dejar abiertas las puertas de su mente para ser invadida por los demonios que habían estado acechándolo desde el instante mismo en que abandonó el pueblo tres días atrás. No era de extrañar que ello coincidiera con el hecho de haber recuperado sus objetos perdidos... en realidad, todo tenía que ver con ellos.

Emilio permaneció prácticamente todo el día encaramado sobre un árbol de gruesas ramas, aferrado a sus pertenencias, atormentado por la idea de haber perdido para siempre su habilidad más asombrosa. De su cabeza comenzaron a surgir las más diversas y descabelladas ideas: por un momento creyó que había sucumbido por el pánico de enfrentar por primera vez un desafío ante una multitud tan numerosa, lo que era ridículo, dado su éxito inicial; luego pensó que quizás alguna clase de brujería le había arrebatado su don más preciado; también se le ocurrió que podría haber sido envenenado por algún rival para que fuera más fácil derrotarlo; tuvo de certeza de estar padeciendo de una grave enfermedad mental que lo estaba conduciendo a esa demencia; o que, tal vez, estaba encerrado en un sueño que parecía un loop interminable, una pesadilla sin final.

Emilio ansiaba con desesperación despertar en su cama y que todo volviera a ser normal. Poder ver el rostro bello y tierno de su madre, la sonrisa cómplice de su padre, la alegría viva que iluminaba permanentemente su hogar. Pero, por más que lo deseaba, nada de eso ocurría. El seguía sentado en su rama-refugio, acongojado, viendo como la luz del sol se apagaba para dar paso a las primeras estrellas nocturnas. Los sonidos del bosque a esa hora eran un poco estremecedores. Ya no se sentía seguro, ni cómodo. Por el contrario, estaba hambriento, sucio, tembloroso y sediento.

Sin saber qué hacer, el muchacho alzó ante su mirada uno de los objetos recuperados y evocó lo ocurrido tres días atrás. Recordó vívidamente los vítores de la multitud, que había estallado en júbilo con su primer disparo. Había sido todo lo que la gente esperaba de él y, por eso, le resultaba imposible explicar qué había ocurrido a continuación. Lo que comenzó como una experiencia espléndida, se transformó repentinamente en la mayor de sus frustraciones, en un fracaso tras otro. En cuestión de minutos su mundo se había desmoronado.

Cansado de recordar, sacudió la cabeza y pensó en aquello que tanto lo había desconcertado horas antes. No podía creer que su mente le hubiese jugado una pasada tan mala. Afortunadamente el otro objeto estaba vacío. Por suerte no habían flechas en su carcaj con las que pudiera haber lastimado a alguien. Él no era así, ni quería serlo.

Envolvió con su túnica el arco y el carcaj que sus padres le habían regalado, aquello objetos que, en lugar de darle alegría, solo le traían recuerdos del peor día de su vida. Leyó por última vez la inscripción grabada en su arco y los ocultó en un hueco que había en el tronco del árbol. Era hora de volver a casa, el hambre le había ganado la batalla a la vergüenza.

Mientras avanzaba a tientas por los sombríos senderos del bosque anochecido, mascullaba entre dientes la ira que no había podido aplacar. Sentía que la vida se había encargado de arrebatarle su don más preciado y eso no se lo iba a perdonar. La desgracia hundiría a Emilio de Castbaleón en el foso de oscuridad más profundo. Y arrastraría a todo su mundo con él.

martes, 24 de septiembre de 2013

si no tuvieras que vivir para trabajar? IV

SI NO TUVIERA QUE VIVIR PARA TRABAJAR,
LEERÍA LOS LIBROS QUE TENGO PENDIENTES…
Y APRENDERÍA A COCINAR

—¡Ah, cresta! —exclamó Natalia, al sentir el olor a humo que salía de la cocina.
     Era la tercera vez en la semana que quemaba la cena y su hijo ya estaba empezando a reclamar por tener que comer otra vez comida envasada. A ella le habría encantado poder prepararle una cena que pudiera disfrutar de verdad, pero tenía tantas cosas que hacer, que no podía dedicarle mucho tiempo a aprender a cocinar como quería. Ese día, no le quedó otro remedio más que volver a abrir una lata de comida deshidratada, agregarle un poco de agua y meterla al horno microondas.
       Al siguiente día, temprano por la mañana, mientras se dirigía en su camioneta rumbo a la clínica, recordó su frustrado intento culinario de la noche anterior y se dio cuenta de que no se trataba de un simple capricho. Estaba tan consumida por su trabajo y por sus labores domésticas, que en realidad no le alcanzaban las horas del día para aprender a hacer cosas nuevas, salir con sus amigos o, simplemente, no hacer nada, si se le daba la regalada gana.
       Tan perdida estuvo en sus pensamientos, que no se dio cuenta de cuándo llegó a la clínica y que el vehículo estaba esperando a que descendiera para poder ir a estacionarse. Con un dejo de apatía, Natalia se bajó de la camioneta y la vio alejarse, preguntándose por primera vez dónde iría a parar cuando ella no estaba abordo. Entonces se percató de que había tantas cosas que ignoraba, pero que, pese a que despertaban su curiosidad, no tenía tiempo para intentar comprenderlas.
         Repentinamente el desgano se apoderó de ella y, si había tenido ganas de trabajar aquel día, por culpa de aquellos pensamientos, éstas se esfumaron. Entró a la clínica arrastrando los pies, deseando estar de regreso en la comodidad de su cama, pero aceptó con resignación el hecho de aguantar varias horas antes de poder volver a ella.
        Natalia notó con cierta molestia que el primer paciente de la mañana ya esperaba a ser atendido. Pese a su estado de ánimo, lo recibió con su sonrisa habitual, lo invitó a pasar a la habitación y le ayudó a acomodarse en el sillón. Se trataba de un niño tembloroso, que se notaba un poco asustado de ver tanto instrumental siniestro rodeándolo, pero que se calmó rápidamente cuando Natalia le tomó la mano y le dijo:
       —Tranquilo, no vamos a usar nada de esto.
       Sentándose junto al sillón, acercó una mesita sobre cuya superficie había un busto metálico.
       —Te presento a TITO. Él va a ser nuestro ayudante.
     TITO (Teeth Instrumental Orthodontics) era un robot especializado que permitía simular la cavidad bucal del paciente, para la fabricación de piezas de ortodoncia. Mediante la aplicación de un gel inteligente, la boca del robot replicaba con gran exactitud la de la persona a tratar, con lo que se conseguía la elaboración de aparatos optimizados para sus necesidades particulares. Además de ello, el robot podía gesticular como si hablara y simular situaciones cotidianas como comer, aspirar aire o silbar.
     La dentadura del muchacho era un verdadero desafío, pero gracias a la ayuda de Tito todo resultaba mucho más sencillo. La única parte desagradable para el pequeño paciente, fue tener que aguantar el gel frío dentro de su boca, que le provocó un par de arcadas. Pero, pese a las molestias, el niño pudo retirarse tranquilamente no más de 10 minutos después, emocionado por haber visto funcionar al robot.
     La sonrisa satisfecha del niño le dio un poco de entusiasmo a la desanimada mañana de Natalia. En realidad, le gustaba hacer lo que hacía, pero le fastidiaba profundamente el tiempo que le demandaba cada día y cada semana. Estaba cansada de esa rutina molesta, viendo boca tras boca, hora tras hora, muchas veces pasando largo períodos de tiempo sin decir más que “buenos días”, sin poder compartir algo más interesante para conversar. En fin, así era su trabajo.
       Antes de hacer pasar al siguiente paciente, se sentó en su banquillo y miró fijamente a TITO, cuya boca seguía siendo la réplica del anterior.
       —Sonríe —le ordenó.
      Mecánicamente en el rostro del aparato se dibujó una mueca muy similar a la sonrisa del niño. Natalia soltó un largo suspiro y pensó en lo grandioso que sería que el robot pudiera hablar. No esos gestos graciosos que hacía para simular una conversación, sino que realmente pudiera comunicarse. Entonces, repentinamente, una voz sintetizada la provocó un enorme sobresalto, que por poco le hace botar el instrumental que tenía a la mano.
        —Si quiere que hable, no tiene más que pedírmelo.
      Natalia miró a TITO totalmente incrédula. No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Llevaba más de dos años trabajando con el robot y, en todo ese tiempo, éste no había emitido sonido alguno. Luego, una vez superada la sorpresa inicial, fue más allá y se preguntó si acaso la máquina le había leído el pensamiento.
       —¿Cómo es posible…?
       —¿Qué supiera lo que está pensado? No lo sé, sólo lo intuí.
        “¿Lo intuyó? ¿Pueden hacer eso los robots?”, se preguntó Natalia, al tiempo que se ponía de pie para mirar alrededor. Aquello bien podría tratarse de una broma. Tal fue la impresión, que miró en todas las direcciones, como si buscara alguna cámara de video.
         —Tranquila, nada de esto es real dijo el robot.
         —¿A qué te refieres?
     —Lo que está ocurriendo no es más que producto de su imaginación. Está tan aburrida, que ha empezado a desvariar.
     Natalia no estaba segura de que fuera un desvarío, pues aquello parecía ser muy real. Pero sería interesante seguirle el juego a TITO.
        —¿Cómo puedo saber que me estoy imaginando esta locura? —le preguntó.
       —Fácil: en primer lugar, los robots carecemos de intuición (todo el mundo lo sabe). Y, segundo, ¿cómo podría saber yo que lleva horas preguntándose qué haría si no tuviera que vivir para trabajar?
       Un gesto de duda se dibujó en el rostro de la mujer, pues no recordaba haberse planteado algo así, pero el robot se oía demasiado sensato como para no creerle.
         —¿Quiere otra prueba? ¿Cuántos libros tiene pendientes de leer porque no le alcanza el tiempo para hacerlo?
         Eso sí que era cierto, la pequeña biblioteca de su casa tenía un montón de textos apilados esperando a ser leídos, pero siempre había tenido que postergarlos por tener otras cosas más importantes que hacer. Pero entonces, ¿cuándo tendría tiempo para ella? ¿Cuándo iba a poder aprender a cocinar, si siempre, pero siempre tenía cosas más importantes para hacer?
       —Creo que ya lo tiene —dijo el robot interrumpiendo su meditación—. La vida no es sólo trabajar. También es vivir.
         —¡Tienes razón, TITO! —exclamó Natalia con entusiasmo—. Merezco tener un tiempo que sea sólo para mí.
        Con alegría renovada, la mujer se puso de pie de un brinco dispuesta a darle un gran abrazo al robot, pero cuando lo iba a hacer, el timbre del comunicador desvió su atención. Seguro llamaban para avisarle que el siguiente paciente esperaba. Un poco más serena, se volteó para darle las gracias a TITO, pero el robot había vuelto a ser la máquina inerte y sin vida de siempre. Sin embargo, seguía replicando la sonrisa de aquel niño, ese gesto inconfundible que había detonado esa jugarreta de su imaginación, que le llevó a un breve recorrido por un rincón desconocido de su alma.


      —Gracias —susurró acariciando la fría cabeza de TITO, a quien ya no vería más como un instrumento, sino como a un compañero. Un confiable y silencioso compañero.

martes, 3 de septiembre de 2013

si no tuvieras que vivir para trabajar? III

SI NO TUVIERA QUE VIVIR PARA TRABAJAR,
VIVIRÍA LA VIDA QUE VIVO

El ingreso a la atmósfera fue mucho más agitado de lo que Silvia había imaginado. Le habían prometido que el viaje sería muy cómodo y seguro, pero esto estaba bien lejos de aquella promesa. Entre tanto movimiento, su imaginación le pasó una absurda mala pasada y pensó que, en caso de ocurrir algún lamentable accidente, se perderían las horas en material de trabajo  que había capturado en audio e imágenes durante su estancia en la estación. La idea cruzó en forma fugaz los confines de su mente y, cuando terminó, se dio cuenta de que sus prioridades estaban muy mal establecidas.
Una risa nerviosa escapó por su boca. Era un acto que combinaba el temor que estaba sintiendo y una burla camuflada de sí misma, que no logró disimular, pero que fue imperceptible para el resto de los pasajeros.
Cuando las sacudidas acabaron, Silvia estaba tiesa, aferrada con todas sus fuerzas a los apoya brazos de su asiento. Había viajado incontables veces, pero nunca había sentido una turbulencia como aquella. Si incluso llegó a pensar que la nave se desarmaría a causa de la vibración y que las consecuencias serían nefastas para su trabajo. Pero lo peor ya había pasado y el alma le volvería poco a poco al cuerpo.
Ya con la mente más despejada, ésta comenzó a divagar y entró en reflexiones motivadas por esta suerte de “experiencia cercana a la muerte”, como exageradamente la bautizó. Y una pregunta le inquietó más que cualquier otra cosa: ¿por qué había temido más perder su trabajo, que su propia vida? Era cierto que había pasado varios días haciendo entrevistas, hojeando documentos, tomando fotos, etcétera; todo ello bajo dificultosas condiciones, como la ingravidez, la iluminación, la horrible comida de astronauta… En fin, no había sido fácil, pero sentía que lo que llevaba en su equipaje era maravilloso y ansiaba poder compartirlo cuanto antes con el mundo.
¿Era su trabajo tan valioso que merecía más preocupación que su vida? Cierto era que las agencias espaciales del mundo estaban llenas de imágenes similares a las que Silvia llevaba, pero para ella las suyas tenían más vida, no eran simples fotografías de una estrella, un planeta, o su satélite. No ella había capturado la esencia del hogar universal de la humanidad y lo había complementado con el relato de mujeres y hombres que trabajaban a diario en ampliarlo, con esmero y dedicación, pese a las evidentes dificultades que debían enfrentar.
Ciertamente, perder todo aquel preciado material habría sido catastrófico. Sin embargo, éste no estaba listo para ser exhibido al público, y editarlo para obtener el excelente reportaje que vislumbraba, que bien sabía le iba a costar lo suyo. Y buena parte de sus recursos se habían ido en hacer ese viaje, así que, al tocar tierra, se vería enfrentada a la necesidad de conseguir algún apoyo para producirlo. ¿Acaso ello no le restaba valor a todo ese trabajo?
Tal vez había ido demasiado lejos en su vida y quizá por eso apreciaba más otras cosas que su integridad física. Desde que decidió vivir alejada de su tierra natal, de su familia, ausente en las fechas importantes, el trabajo se había transformado en parte esencial de su vida. Y no es que hubiera olvidado sus afectos, todo lo contrario, estos era aún más intensos, a pesar de las distancias, de los innumerables viajes y de las incontables pellejerías. Pero es que ella amaba lo que hacía, disfrutaba con pasión su trabajo y lo que más ansiaba era poder compartirlo con el mundo entero.
Entonces, no resultaba tan descabellado lo que había pensado durante los minutos de terror que le significó el reingreso a la atmósfera terrestre. No era su trabajo lo que había temido perder, sino que ese trozo de su vida, en el que había puesto toda su alma y empeño. No eran las fotos de los glaciares, de los desiertos, de los océanos y de la aurora boreal lo que extrañaría, sino el recuerdo de aquella sensación de asombro ante tanta maravilla y belleza reunidos en una sola imagen.
Cuando la nave aterrizó en el puerto espacial ubicado a las afueras de París, Silvia todavía seguía perdida en sus cavilaciones, sintiendo que estas avanzaban justamente en el sentido correcto. “¿Qué importa vivir para trabajar —se preguntó—, si mi trabajo me permite vivir la vida que vivo?”
Al volver a pisar el suelo firme de su querido planeta Tierra y llenar de aire fresco sus pulmones, Silvia sintió una innegable sensación de satisfacción. Redescubrió el encanto de vivir y sentirse plena con cada cosa que hacía. Llevaba la vida que quería, de eso no había duda. Podía ser que llevara una vida al 3 y al 4, sin seguridad alguna, pero con mucha libertad… Impagable libertad.


martes, 30 de julio de 2013

si no tuvieras que vivir para trabajar? II

SI NO TUVIERA QUE VIVIR PARA TRABAJAR,
SEGUIRÍA TRABAJANDO Y APRENDIENDO CADA DÍA

                —¿Qué pasa aquí? —se preguntó Carolina retóricamente.
                El ambiente festivo en la oficina no era ocasional, pero aquella mañana la algarabía sobrepasaba todo lo esperable. Los miró a todos antes de entrar y pensó en salir corriendo, pero su sentido de la responsabilidad pudo más que sus ansias de huir.
                Forzando una sonrisa, saludó uno a uno a sus compañeros y trató de demostrar algo de entusiasmo por unirse a lo que fuera que estuvieran festejando, pero en realidad lo único que quería era sentarse, cumplir con sus labores, esperar el horario de salida y recuperar la libertad.
                Hacía varios meses que cargaba con aquella sensación de ahogo, una suerte de insatisfacción con esa “alegría mecanizada” que era el trabajo. Los típicos eslóganes con los que había crecido comenzaban a perder sentido cuando revisaba lo que hacía a diario. Eslóganes como “Tu trabajo es patria”, o “Tu trabajo engrandece a tu Nación” no significaban mucho, si a lo más se dedicaba a revisar que los puntos y las comas estuvieran ubicadas en el lugar correcto y que el procedimiento fuera el mismo de siempre, no fuera a suceder que a algún creativo se le ocurriera arruinar lo que ya funcionaba perfectamente bien.
                Pero Carolina tenía la sensación de que había otra manera de hacer las cosas. No tenía muy claro cuál, pero podría investigar… ¿para qué? ¿Para hacer las cosas mejor, más eficientes? ¿O simplemente para satisfacer su curiosidad? En cualquier caso, era casi imposible arribar a alguna conclusión, pues esas respuestas estaban vedadas. La inexistencia de manuales o textos impedía que cualquier curioso pudiese atentar contra el orden y la estabilidad que a todos hacía tan felices. Salvo a Carolina.
                Durante meses había logrado mantener oculto su descontento, pero aquel día sintió que el cinismo con el que convivía a diario no podía ser normal y, aburrida del bullicio, golpeó la mesa con fuerza y gritó:
                —¡Por qué no se callan y me dejan trabajar en paz!
                Todo el mundo quedó helado y un silencio muy incómodo se apoderó de la oficina, hasta que uno de sus compañeros dijo:
                —Esta Carolina, tan graciosa que es.
                Y todos largaron a reír. Salvo Carolina, que fulminó fugazmente a su compañero con la mirada. Ofuscada, se sentó en su silla y miró impávida la pantalla de su computador. Los colores vivos del salvapantalla contrastaban con su estado de ánimo y la frase que rebotaba por los bordes del aparato era casi una burla: “sin tu trabajo, tu País no se mueve”. Fastidiada, presionó una de las teclas para hacerla desaparecer y mostrar los programas que estaban siendo ejecutados.
                Carolina tenía la sensación de que su actitud le valdría ser menospreciada por la gente de su trabajo, pero se sentía incapaz de demostrar una satisfacción que en realidad no sentía. Trató de evadirse de lo que acababa de ocurrir y desvió su atención a su correo electrónico. No tenía nuevos mensajes, pero le llamó la atención ver que su bandeja de correo basura estaba llena. “Que raro”, susurró. ¿Cómo era posible que el Administrador no lo hubiese filtrado? Abrió la carpeta correspondiente, aprestándose a borrar su contenido, pero, al hacerlo, el asunto de los incontables y repetidos mensajes le paralizó la mente por segundos que parecieron una eternidad. Al despabilar, sin quererlo, lo leyó en voz baja:
                —¿Qué harías si no tuvieras que vivir para trabajar?
                Al darse cuenta de lo que había hecho, levantó la mirada con preocupación, pero al notar que nadie la había oído, volvió la atención a la pantalla y abrió uno de los mensajes. Estaba vacío. Uno a uno repitió el proceso, esperando encontrar algún contenido adicional, pero solo se trataba del asunto. Un  poco asustada, seleccionó todos los mensajes y los eliminó, almacenando la pregunta en su mente.
                Durante los días que siguieron, ésta la persiguió adonde quisiera que fuese. No tenía una respuesta, ni siquiera sabía si la necesitaba. Porque, siendo bien honesta consigo misma, no sentía que ella viviera para trabajar, era algo que, hasta hacía un tiempo al menos, le gustaba hacer. Pero, más allá de eso, ¿tenía realmente una vida?
                De pronto, la sensación de insatisfacción se transformó en un vacío que no podía llenar. ¿Cómo podía dar respuesta a todas sus preguntas, si no podía conocer más que aquello que las autoridades aprobaban? ¿Dónde estaba el verdadero conocimiento, el desarrollo de la razón? Su intuición le estaba diciendo a gritos que algo no estaba bien su mundo, que la paz y la estabilidad de la que gozaba la sociedad no eran más que una ilusión o una construcción falsa y abstracta.
                Al regresar a la oficina después del fin de semana, Carolina se apresuró a revisar su correo. Varios mensajes esperaban ser abiertos con instrucciones para las tareas de aquel día, pero en ese momento era más importante revisar la carpeta de correo no deseado. Sólo había un mensaje, pero el asunto seguía siendo el mismo. Al igual que la vez anterior, pero menos esperanzada, lo abrió en busca de algún contenido. Tal como esperaba, estaba en blanco. Sin embargo, como su cabeza estaba más fría, se tomó el tiempo para ver los detalles del correo. Había sido enviado a la 03:34 de la madrugada, pero lo más llamativo era la extensión del dominio de la dirección del remitente. Era de su misma institución, aunque no pudo distinguir a cuál de sus trabajadores pertenecía. Pensó en responder, pero el temor a ser descubierta por el Administrador la disuadió de hacerlo. Entonces, como si alguien le hubiese estado leyendo la mente, un nuevo mensaje se descargó en la misma carpeta con el siguiente asunto: “Carolina, no temas y responde: ¿qué harías si no tuvieras que vivir para trabajar?”
                Muerta de miedo, Carolina tomó su cartera y salió a toda prisa de la oficina. Sabía que se llevaría una gran reprimenda, pero estaba muy asustada como para quedarse allí. Sin embargo, cuando estaba ante las puertas del añoso edificio, se contuvo, respiró profundo y reflexionó. Ella no había hecho nada, así que no tenía qué temer. Volvió sobre sus pasos rumbo a su oficina y, al entrar, sus aún sorprendidos compañeros le preguntaron qué le ocurría.
                —Nada, se me había olvidado que tenía que sacar plata urgentemente —mintió.
                Sin decir más, volvió a su puesto y miró nuevamente su correo. Ahí estaba el mensaje sin leer y, sobre éste, uno nuevo cuyo asunto rezaba: “Nadie sabrá qué harías si no tuvieras que vivir para trabajar”.
                Haciendo acopio de todo su valor y fuerza de voluntad, presionó el botón “responder” y sobre el asunto escribió: “no vivo para trabajar, trabajo para vivir”. La respuesta no tardó en llegar: “¿Estás segura?”. Carolina no supo qué responder. Realmente no estaba segura. De pronto se le vino una imagen de sí misma representada por un engranaje, una pieza insignificante dentro de una máquina muy bien lubricada con excesivo control e ignorancia. Llegó entonces a la conclusión de que ella podría ser más útil si rompiera el paradigma del desconocimiento, si pudiera de verdad aprender y buscar libremente las preguntas que se asomaban en su mente.
                “No, no estoy segura”, respondió. Y acto seguido, antes que llegara un mensaje de vuelta, volvió a escribir: “Si no tuviera que vivir para trabajar, seguiría trabajando y aprendiendo cada día… solo por el placer de hacerlo”.
                Durante las siguientes horas, Carolina estuvo con el alma en un hilo. La carpeta de correo no deseado parecía haberse congelado. Pensó que podría tratarse de un problema con el servicio de correo, pero a su bandeja de entrada seguían llegando nuevos mensajes. El temor a haber sido descubierta le heló las extremidades. Hasta que, en el instante previo a presionar el botón “cerrar” del programa, antes de retirarse a descansar, llegó el esperado correo: “estación del ferrocarril en 15 minutos”.
                Carolina salió a toda prisa rumbo a la estación más cercana del subterráneo, pero una vez estuvo ante la boca del túnel, no supo qué hacer. No sabía a qué iba a enfrentarse: podría ser que hubiese sido descubierta. Y si era así, ¿qué iba a ser de ella? ¿Qué le sucedería, si osaba desobedecer el orden imperante? Mientras se enfrentaba a su propia indecisión, algo inesperado le abrió los ojos:
                —Apúrate, papá —oyó a una niña que tiraba de la mano a su progenitor—, o nos vamos a perder el matrimonio del tío Fernando.
                Al oírla, Carolina se entristeció por el futuro que le esperaba a esa pequeña. El tío Fernando no era más que un personaje ficticio de un programa de televisión. Pero para la niña era otro miembro más de su familia. Era todo lo que su imaginación, atrofiada por los dramas de su familia de la televisión, podía concebir. Y no era la única.
                Casi con desesperación, bajó corriendo al subterráneo, cogió el primer tren y se dirigió al lugar indicado. Al salir frente al terminal ferroviario, miró en todas direcciones buscando algún indicio de qué era lo que buscaba, pero no vio nada fuera de lo normal. Esperó varios minutos, pero nada ocurrió. Se había tardado demasiado en decidirse a acudir a la cita. Decepcionada, buscó un taxi y se dirigió a casa.
                Durante el trayecto, con la mirada perdida en el exterior del vehículo, buscó una palabra que describiera lo que sentía en ese momento, pero estaba muy ofuscada para dar con ella. Pero, al buscar en su cartera el dinero para pagar el taxi, se llevó una gran sorpresa: encontró una hoja de papel, que ella no había puesto allí. Esperó a que el taxista se alejara para examinar el hallazgo. Tenía una inscripción escrita a mano, toda una rareza, que rezaba:
                “La curiosidad y la necesidad de conocimiento no se pueden controlar. Por más que lo intenten, las letras no mueren, están allí, en algún lugar, para satisfacer tu necesidad. Descuida, ellas llegarán a ti, solo debes ser paciente y no sentir temor. No estás sola, somos cientos los que traeremos el fin a esta era de oscuridad. Entonces, los libros volverán a ver la luz. Ven con nosotros y podrás seguir trabajando y aprendiendo cada día.”

                Carolina sonrió, sacó su encendedor de la cartera y destruyó la nota. En su memoria, el mensaje jamás podría ser borrado.

A la memoria de Ray Bradbury (1920-2012)

miércoles, 17 de julio de 2013

si no tuvieras que vivir para trabajar? I

SI NO TUVIERA QUE VIVIR PARA TRABAJAR,
PLANTARÍA

                Pasaban de las tres de la tarde. El turno era tan aburrido como todos los de aquella primera semana. Más allá de las paredes subterráneas del Centro, el Astro Rey brillaba en todo su radiante esplendor, pero a Roberto no le quedaba más que contentarse con la luz artificial del Área Médica. Le resultaba ridículo tener que quedarse allí, sin hacer nada más que mirarse las caras con Javier, su aprendiz y asistente, cuando en la superficie había tanto por hacer. Pero como el único médico de la expedición, era su deber permanecer atento ante cualquier contingencia que pudiera surgir.
                Tal como estaban las cosas, habría preferido quedarse en el Asentamiento junto a su pareja y sus hijas. ¡Oh, cuanto las extrañaba! Pero cuando se unió al grupo de terraformadores, pensó que su trabajo y su vida cobrarían un nuevo sentido, pues él iba a contribuir a que, tal vez no sus chicas, pero si su descendencia, pudieran pasear libremente por el exterior. Y no era así.
                —Doctor, voy por un café —dijo Javier quitando la vista de un gordo libro de medicina—, ¿se le ofrece alguna cosa?
                —No, muchas gracias.
                Era un buen muchacho. Entusiasta y con ganas de aprender. Pero Roberto presentía que el aburrimiento tarde o temprano terminaría por desmotivarlo... igual que a él. "¡No!" se dijo a sí mismo. Él no era así. No podía ser que se dejara llevar por la monotonía del lugar. Había algo que él quería hacer más que nada en el mundo y tenía muy claro que, cuando algo se le metía en la cabeza, siempre, pero siempre, era capaz de encontrar la forma de llevarlo a cabo. Y ésta no sería la excepción.
                —¡Javier! —exclamó—. Voy a subir.
                —Pero, doctor —respondió el asistente desde una sala contigua—, ¿y si algo se presenta?
                —Confío en que sabrás resolverlo. Y si no, me buscas.
                —¿Y dónde lo encuentro?
                —Haciendo lo que vine a hacer: plantando.
                Roberto sintió tal satisfacción al decirlo, que supo de inmediato que nada ni nadie le impediría tomar una palita, enterrarla en suelo fértil, y colocar allí la semilla del futuro. Era su anhelo, era exactamente lo que quería hacer con su vida.
                El elevador no tardó en recorrer las tres plantas que separaban el Área Médica de la superficie. Al salir, ante su vista se extendió el inmenso domo geodésico, bastión del deseo terraformador de los seres humanos. La atmósfera de su interior era un nivel intermedio entre el ambiente habitable por el hombre y el aire nocivo del exterior. Para ingresar al domo era necesario emplear trajes especiales capaces de reciclar el aire y el agua del cuerpo humano. Las condiciones de trabajo no eran las mejores, pero las personas que se empeñaban en la labor de dotar al domo de un medio apto para la vida humana eran verdaderos héroes y heroínas.
                Pero Roberto no buscaba ningún tipo de reconocimiento, él sólo quería volver a sentir la tierra en sus manos, bajo sus pies, ante sus ojos, quería sentir la dicha de dar inicio a la vida que brotaría desde allí y que haría posible que el ser humano pudiese salir al mundo exterior y pasear por él sin necesidad de máscaras.
                El médico tardó varios minutos en la cámara de acceso al domo, intentado encontrar un traje de su talla, pero aparentemente todos estaban siendo utilizados en ese momento. Le llamó la atención que, pese a la ausencia de trajes auxiliares, no hubiera urgencias médicas por la exposición al aire tóxico del domo. Bastaba un pinchazo para que se colaran en su interior los gases nocivos, pero todo parecía indicar que éstos eran más confiables de lo que cabía imaginar. Por supuesto, Roberto no iba a permitir que eso fuera un impedimento y recorrió todo el lugar con la esperanza de hallar algo que le permitiera circular en forma segura por la zona de cultivo. Hasta que finalmente lo encontró. Era un traje más pequeño, en el que no entraría de ninguna forma, pero tomando el casco, la mascarilla, las mangueras, algunas bolsas de nylon y un poco de cinta adhesiva, podría hacerse con un buen sustituto.
                Tardó varios minutos en completar su versión de un traje de sobrevivencia, pero cuando estuvo listo, creyó que nada tendría que envidiarle a uno auténtico. Se lo calzó de prisa y probó que todos los sistema de purificación estuvieran funcionando y que no hubiese filtraciones. Hasta allí, todo iba perfecto, sólo le faltaba una pala y estaría listo para entrar al domo.
                La cámara interior daba a una esclusa hermética, donde el grupo de terraformadores debía tomar una ducha descontaminante antes de poder sacarse los trajes cuando regresaban del domo. Además, previo a ingresar a la cámara, la esclusa se vaciaba de todos los gases que ingresaban desde el interior del domo y se renovaba con aire puro, para igualar las condiciones ambientales adecuadas para el ser humano. Roberto esperó pacientemente a que se llevara a cabo todo el proceso e ingresó triunfalmente a la imponente estructura. Aparentemente su presencia no llamó mucho la atención, a pesar de las peculiaridades de su traje, pues todo el mundo ser encontraba muy afanado en sus labores de cultivo.
                Para pasar los más desapercibido posible, Roberto buscó un lugar apartado del resto del grupo, mientras recorría con la mirada el paisaje que se hallaba más allá del domo. Un frío intenso le recorrió la espalda al ver tan próximo el exterior y percibirlo tan inhóspito, tan abandonado. Recordó un tiempo anterior, un pasado muy lejano ya, cuando todo eso estaba lleno de vida. Allá afuera los vestigios de una vieja cerca le trajeron a la memoria aquellos años en que él personalmente cultivaba esa misma tierra con sus propias manos.
            Abandonando el dolor que la escena le provocaba, se arrodilló y sostuvo su pala con determinación, hundiéndolo sobre la tierra húmeda y extrajo varios puñados que amontonó alrededor. Luego sacó del estuche de su traje unas semillas que había metido de "contrabando" y las depositó con delicadeza en el agujero. Con una fe ciega cubrió de tierra los pequeños granos y deseó con fervor que bajo ese suelo fértil volvieran a crecer los árboles que habían dado vida a aquel lugar que en otro tiempo fuese, no sólo su hogar, sino el de toda la humanidad.