lunes, 21 de julio de 2014

si te liberaras de la tiranía de las pantallas? II

SÍNDROME DE ABSTINENCIA

Rutina. Así fue como podría definir el comienzo de aquel día. Despertar, encender el televisor, llevarme el teléfono al baño, vestirme y desayunar viendo el noticiario, salir a la calle, mirar la hora en mi celular y preguntarle cuánto faltaba para que pasara el bus. Cuando llegó, saqué mi tarjeta para pagar y la acerqué al dispositivo hasta que un "bip" me señaló que el pago estaba hecho. En la pantalla del dispositivo apareció mi saldo. "Ya voy a tener que recargar de nuevo", mascullé molesto.

A bordo del bus, un par de pantallas captaban la atención ociosa de algunos pasajeros, mientras otros hacían lo propio con sus teléfonos móviles. Casi sin pensarlo, me sumé a estos últimos. Los vídeos en la pantalla del bus eran aburridos y repetidos, así que opté por un mundo virtual de mi preferencia, que duró hasta que llegué a mi trabajo.

Nada extraordinario ocurrió durante mi permanencia en la oficina, todo resultó tan monótono como habitualmente solía serlo, 9 horas de estar sentado tras la pantalla de un computador. Y luego el regreso a casa en poco se diferenció del viaje matinal. Una vez en mi hogar, me entretuve mirando televisión hasta que llegó la hora de dormir.

Fue entonces cuando se me aflojó un cable en el cerebro. No podía conciliar el sueño y sentía la tentación casi irresistible de volver a encender la tele. Ahí me di cuenta de que algo no andaba bien. Parecía un adicto con síndrome de abstinencia.

Me pasé la mano por la cara y noté el sudor en mi frente. ¿Qué cresta pasaba conmigo? Si ya había estado 17 de las 24 horas de aquel día frente a una pantalla, ¿por qué demonios necesitaba una nueva dosis?

Repentinamente entré en una fase de negación, intentado convencerme de que no había nada de malo en ello, que era natural, pues lo que más abundaba en mi día a día eran las pantallas. Agarré, no sin cierta desesperación, el control remoto del televisor y estuve a punto de encenderlo. Sin embargo, mi dedo pulgar se negó a completar el movimiento y la tele quedó apagada. Mi ansiedad repentinamente se aplacó. Creo que ese fue, de forma absolutamente instintiva, mi primer acto de rebeldía. Y ocurrió mucho antes de enterarme de lo que había detrás de aquella agobiante sensación. Y antes del que sería realmente mi primer acto de liberación.

lunes, 7 de julio de 2014

si te liberaras de la tiranía de las pantallas? I

PRÓLOGO

Abres los ojos y sabes que allí estarán. Son omnipresentes, coloridas, cautivadoras. La mirada las busca, es difícil, a veces inútil, resistir. Cuando amanece y despiertas por la mañana es lo primero que ves. Te levantas, vas al baño y seguro que una de ellas te acompaña. En los buses y trenes del metro son tan numerosas como las personas. Y en el trabajo, incluso antes del primer café matutino, tienes la necesidad compulsiva de sentarte frente a la que está en tu escritorio... para quedarte junto a ella nada menos que durante 9 horas por día, todos los días.
¡Mira! En este mismo momento una de ellas se ha apoderado de mi mano derecha y, si estás leyendo estas líneas, también de tus ojos y de tu atención. Somos cautivos de su luminosa omnipresencia.
Y no creas que no saben lo que hacen, lo tienen todo controlado. Tienen ojos intrusos dispuestos a captar hasta el más mínimo detalle, oídos atentos a cada palabra, cada sonido, cada ruido, bocas que susurran, cantan o gritan su mensaje de dominación como si de un mantra se tratara. Ellas lo gobiernan todo, sí, todo. Incluso a nosotros, los seres humanos. Y llegaron para quedarse, privándonos de sus sueños, de amistades potenciales o, incluso, de amores impensados...
Es verdad, te controlan a ti, me controlan a mí. ¿Te gusta eso? ¿Acaso no te molesta? ¿O es tan cómodo que prefieres que sigan así? ¿Quieres seguir viviendo bajo su yugo opresor o preferirías para desatar tu rebeldía y acabar con su tiranía? ¿Hasta cuándo soportaremos el control que ejerce sobre nuestras vidas?

¡Hey, tú! ¡Si, tú! ¿Qué harías si te liberaras de la tiranía de las pantallas?

domingo, 22 de junio de 2014

si te arrebataran tu don más preciado? V

SI ME ARREBATARAN MI DON MÁS PRECIADO,
ARDERÍA TROYA

Han pasado 10 días desde que Fernanda solicitara la información y aún no recibe nada. Le han dicho que la evaluación de sus exámenes de suficiencia están listos y que resultó aprobada y que su estado físico es óptimo para la travesía, pero ella necesita contar con algún documento que lo acredite para poder partir. El problema es que se aproxima la fecha de salida y no le queda otra que esperar de brazos cruzados a que le envíen su certificación.
Su infinita paciencia le ha permitido sobrellevar la espera calmadamente, se ha dado tiempo para preparar su equipaje, despedirse de sus familiares y amigos, y para recorrer la Bóveda por última vez. Quiere llevarse buenos recuerdos de su hogar, pues va a pasar una buena temporada lejos de casa, pero está permanentemente inquieta por no contar con el antecedente que le permitirá realizar su viaje.
—¿Aló? —dice al teléfono—. Buenas tardes, quisiera hablar con don Claudio, por favor.
Es la tercera vez que trata de comunicarse con él, después de haber intentado infructuosamente que su asistente le diera alguna respuesta favorable desde que le informaran que su evaluación estaba lista. 9 días. Y el reloj sigue corriendo.
—¿Aló? —responde del otro lado de la línea una voz masculina.
—Don Claudio, buenas tardes.
—Señorita Fernanda, ¿qué tal le va?
—La verdad es que estoy un poco afligida —dice ella serenamente, pese a estar sintiendo realmente una gran aflicción.
—Cuénteme, ¿cómo la puedo ayudar?
—Lo que pasa es que llevo varios días esperando a recibir el resultado de mis exámenes, falta solo un día para el viaje y aún no tengo respuesta.
—Que raro —dice el hombre sonando  sorprendido—. Eso está listo hace días. ¿Por qué no viene a hablar con mi asistente para que ella busque el documento personalmente? Le dejaré el mensaje para que la espere, ¿le parece bien?
A Fernanda no le parece bien. Se suponía que el certificado le sería enviado electrónicamente al día siguiente de haberse hecho los exámenes, y que ella no necesitaría realizar trámites adicionales. Sin embargo, siente que no le queda otra alternativa más que aceptar la propuesta de mala gana.
La joven tarda poco más de media hora en llegar a la oficina de Control de Viajeros, donde pide entrevistarse con la asistente de don Claudio. Golpea la puerta del despacho y espera  tranquilamente a que alguien le responda. Como nadie lo hace, insiste. Y vuelve a insistir una tercera vez, solo que ésta no espera respuesta y asoma su cabeza.
—Permiso —dice con suavidad.
Tras un escritorio, Fernanda divisa una melena negra detrás de una pantalla que no reacciona ante su presencia.
—Buenas tardes —saluda Fernanda con cordialidad.
La mujer detrás de la pantalla alza la cabeza y se queda durante un par de segundos mirando a Fernanda con sus dos ojos claros e inexpresivos, sin responder el saludo.
—¿Qué se le ofrece? —pregunta con un desagradable tono nasalmente chillón.
Fernanda cree de inmediato que probablemente se encuentra frente a una persona que no se caracteriza precisamente por su amabilidad.
—Don Claudio me dijo que viniera a buscar el certificado de mis exámenes.
—Pero cómo, ¿no lo recibió en su correo?
Al oírla percibe que la asistente no tardará en hacerle perder los estribos, pero se contiene todo lo que puede y, sin quererlo, sus ojos van a dar justo bajo la nariz de la mujer. Por alguna razón, lo que ve le perturba aún más el ánimo y, de alguna manera la tenue coloración de esa parte del rostro de la asistente le irrita aún más. Resulta a lo menos absurdo, pero ese bigotillo le provoca un deseo curioso de arrancárselo de la forma más dolorosa posible.
—¿Usted cree que yo estaría aquí perdiendo el tiempo si lo hubiese recibido ya?
La molestia de Fernanda ya es evidente, pese a lo cual su tono de voz no lo denota.
—Pero si yo estoy segura de que se lo envié —insiste la asistente con un tono desagradable de estar segura de lo que dice—. ¿Revisó todas sus cuentas?
—Tengo solo una.
Fernanda piensa que en el mundo no puede haber otra persona más irritante que esa mujer, cuya tozudez ha llevado su paciencia hasta el límite. Aún así, hace un último intento por conservar la calma y pregunta:
—¿Sería tan amable de revisar?
De mala gana, la asistente se pone de pie, revelando un atuendo que a Fernanda le parece excesivamente ajustado. Sin quererlo, ríe ante la idea de tener que protegerse el rostro, por si es que un botón llegara a volar en su dirección ante un eventual estallido de la ropa de la mujer a causa de la enorme presión que parece ejercer sobre su cuerpo.
Por supuesto, nada de eso ocurre. Fernanda sigue intrigada los movimientos de la asistente, que lo único que parece estar haciendo es intentar fastidiarla. Únicamente tendría que revisar en su computador si le había enviado el dichoso documento, pero, en lugar de ello, espera tranquilamente que algo salga de la impresora.
Todo transcurre a una velocidad exasperantemente lenta y la actitud de la asistente no hace más que empeorar las cosas. Cada vez más irritada, Fernanda siente que de su interior surge una energía cálida e intensa, cuya fuente principal es la rabia que le ha provocado aquella situación tan estúpida. Al ver a la mujer tan displicente, vuelve a notar los pelillos bajo su nariz y la energía que se ha ido acumulando finalmente explota, causando una gran conmoción al interior de la oficina, desparramando papeles por el aire, arrojando cuanto hay sobre el escritorio al piso y haciendo que la mujer se estrelle contra la pared y caiga pesadamente al suelo. Envuelta en el remolino que provoca la energía a su alrededor, que agita revoltosamente su cabello, Fernanda se acerca a la mujer, la toma del cuello y la levanta sin esfuerzo a unos centímetros del suelo. Contempla con fascinación los ojos aterrados de la asistente y levanta un puño para asestarle un golpe.
Arde Troya. Y Fernanda se siente como el famoso caballo del cual surge esa energía oculta, como los soldados de la historia, dispuesta a arrasar aquello que la ha llevado al punto límite, extremo, de hacerle perder la paciencia, su don más preciado. Alza el puño con actitud fiera y lo dirige contra el rostro de la mujer pero, en el último momento lo desvía y azota la pared, dejando un vistoso forado.
La impresora termina de trabajar y la asistente se acerca a Fernanda para entregarle una hoja de papel.
—Esto es lo que quería, ¿no?
—Sí, gracias.

Tras entregarle el documento, la mujer vuelve a su puesto y fija la mirada en su computador, como si Fernanda no estuviese allí. Ella da media vuelta, se despide sin recibir respuesta alguna y se retira lo más rápido que puede del lugar, con la certeza de que acaba de conocer a la persona más desagradable del mundo. Que lindo habría sido tener la oportunidad de partirle la cara de verdad.

martes, 15 de abril de 2014

si te arrebataran tu don más preciado? IV

SI ME ARREBATARAN MI DON MÁS PRECIADO,
IRÍA HASTA EL FIN DEL MUNDO CON TAL DE RECUPERARLO

Abrir los ojos y ver la luz del sol colándose por entremedio de las cortinas, sentir el cuerpo y la mente reposados, y el alma ligera como una pluma... Dos años han tenido que pasar para volver a vivir esa sensación cálida de calma y bienestar. Amanecer así no puede ser sino un buen indicio, el augurio de un comienzo esperanzador.

Emilio saltó de la cama con ligereza y de inmediato posó la mirada sobre su arco, aquel que había dejado abandonado en el bosque dos años atrás, y pensó que no tenía mucho caso llevarlo consigo. Pero el arma era algo más que eso, era un símbolo, era el emblema de aquello que le había sido arrebatado y que ese mismo día partiría a buscar. Además, tenía la cantimplora que le había dado la mujer del bosque, que guardaba en su interior la receta secreta para traer de vuelta su don más preciado.

En el comedor estaba esperándolo toda la familia reunida. Era mucho más temprano de lo habitual y, a pesar de ello, el olor a pan recién horneado inundaba la estancia.

El rostro de su padre rebosaba de satisfacción. Su pequeño había sufrido lo inimaginable, vivió sumido en el dolor y la oscuridad por más tiempo del que cualquier persona pueda tolerar, hundido en el pozo más profundo, solitario y sin destino. Pero ahí estaba, poniéndose de pie por sus propios medios, con su espíritu lleno de determinación y coraje. Su carita de niño era engañosa, pues detrás de ella se escondía un verdadero hombre. Estaba orgulloso de su retoño, pero aún no sabía que iba a estarlo todavía más.

La madre, por su parte, miraba a Emilio con ternura. Estaba nerviosa, de eso no cabía la menor duda, pero se las arreglaba perfectamente para no evidenciarlo. En lugar de eso, escrutaba los ojos de su hijo, intentando descubrir qué era lo que había cambiado en él. Estaba tan grande y tan guapo..., pero había algo más, algo que tanto la inquietaba, como la tranquilizaba. En el fondo temía a su actitud temeraria, pero se reconfortaba intuyendo que tendría la capacidad para hacer frente a cualquier adversidad y salir  victorioso. Su bebé había crecido.

Ajeno a las reflexiones de sus padres, Emilio devoró cuanto pudo, expulsando migas de pan por la boca cada vez que hablaba. Estaba muy conversador, animado y ansioso por el inicio de su solitario viaje.

Fue un momento emotivo, de despedida, con la congoja y los buenos deseos acostumbrados en ese tipo de ocasiones. Pero también era el punto de partida de una nueva vida, no solo para Emilio, sino para toda su familia. Una pequeña chispa había vuelto a iluminar su alma y su travesía tenía por propósito que esta encendiera nuevamente su espíritu por completo. Él presentía que iba a enfrentar dificultades, que éstas no serían escasas, pero tenía la certeza de que cualquier riesgo valía la pena con tal de volver a sentirse pleno.

La mañana fue avanzando y el joven viajero notó que se estaba demorando más de la cuenta en emprender su travesía. Pero romper el cordón era mucho más difícil de lo que había imaginado, en especial por el excesivo tiempo que perdió alejado de sus afectos, del cálido amor de su familia. En realidad no le importaba mucho demorar unos minutos la más partida, recorriendo su hogar por última vez, llevando en brazos a su pequeña hermana, acariciando su cabecita con suavidad.

—Te prometo pronto que volveré para jugar contigo —le dijo tras darle un último beso antes de partir.
Emilio se marchó minutos después llevando consigo su arco, el carcaj lleno de flechas y una bolsa con ropa de cambio y algunas provisiones. Recorrió con paso sereno los senderos de la comarca, encaminándose a despedirse de la chica del cabello de fuego, su amiga de toda la vida, a quien en más de una ocasión había desilusionado. La visita fue breve y tensa, pero Emilio aprovechó muy bien cada minuto, pues necesitaba irse en paz con ella. Y, a pesar de no haber tenido el mejor recibimiento, consiguió su objetivo y se retiró del lugar con el corazón ligero.

A Emilio ya no le quedaba más por hacer que marcharse de una buena vez. La ansiedad se fue apoderando poco a poco de él con cada paso que daba. Su destino era incierto y los riesgos completamente desconocidos. Se sentía temeroso y dudaba de tener la capacidad para conseguir su objetivo, pero esa pequeña chispa encendida en su alma le brindaba una determinación que él no sabía que tenía y que le daba el valor de aventurarse hasta el fin del mundo, de ser necesario, para recuperar su don más preciado.
Emilio no titubeó más y comenzó a mover las piernas con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Tras conocer el lado más oscuro de su ser, no le quedaba mucho que perder y la travesía que comenzaba era su oportunidad de demostrarles a todos que en realidad era un chico bueno, no el rufián al que habían tenido que soportar durante casi dos años. Pero, más importante aún, le permitiría demostrarse a sí mismo que era capaz de construir su propio destino, con la frente en alto, sin culpar al mundo por su desdicha, responsabilizándose por sus decisiones, por muy malas que éstas pudieran llegar a ser. En el fondo de su corazón, Emilio sabía que era la única forma en que podría volver a sentirse completo, que solo así podría descubrir su verdadera naturaleza y recuperar su antigua nobleza.

La historia de Emilio de Castbaleón recién comienza.

sábado, 1 de marzo de 2014

si te arrebataran tu don más preciado? III

SI ME ARREBATARAN MI DON MÁS PRECIADO,
VERÍA COSAS RARAS

Cuando me invitaron a participar en este proyecto, encontré que era una idea curiosa, llamativa, quizá un poco excéntrica, pero nada más. Nunca imaginé las consecuencias que me traería el solo hecho de plantearme una pregunta tan aguda como la que da origen a esta narración.
Consciente de que los lectores estarían ansiosos por leer algo escrito por mí, ese mismo día llegué a casa, me serví un vaso de whisky, me instalé frente al computador y me enfrenté al desafío de escribir estas letras. Tengo que hacer la salvedad de que, cuando éstas acudieron a llenar la hoja en blanco, apenas si había tocado mi trago. Así es que les puedo asegurar que estaba completamente sobrio.
Pasé largos minutos pensando sobre la pregunta y poco a poco me fui dando cuenta de que ésta encerraba más de una trampa. Porque, en primer lugar, necesitaba descubrir cuál es mi don más preciado y, créanlo o no, me di cuenta de que nunca había reflexionado acerca de ello. Por eso, no tenía idea de cuál era, en realidad. Eso me resultó algo molesto, pues no podía comenzar mi relato, si no tenía su motivación.
Este ejercicio, que en un principio parecía sencillo, resultó ser más complejo de lo que había imaginado. Y, lo que es aún mejor, terminó siendo realmente enriquecedor. Así lo sentí cuando descubrí que mi don más preciado estaba allí mismo, frente a mis ojos, saltando incesantemente en la hoja vacía  del procesador de texto.
—¡Cuánto adoro inventar historias! —exclamé cuando caí en la cuenta.
No sé si habrá sido una verdadera revelación, pero al menos yo lo sentí así. Había descubierto algo tan valioso y tan hermoso, que quise gritarlo con alegría. Pero me contuve de hacerlo, pues me pareció demasiado pronto para celebrar. Además, sabía que estaba a punto de chocar con la segunda trampa: de qué manera se puede perder un don como el mío.
Esta parte fue menos reflexiva, es más, fue bastante frustrante. Ahí estaba yo, frente a la poderosa herramienta que me facilitaba plasmar, dejar fluir y dar vida a mis ideas, pero me estrellé de frente con la falta de motivación para mi relato. Que no se malentienda, yo estaba muy entusiasmado con escribirlo, pero no tenía el hilo conductor para construir la historia. Comencé por anotar algunas frases sueltas, pero ninguna de ellas era capaz de unirse a las otras.
Miré de reojo el vaso que estaba junto al teclado y lamí mis labios, tentado por el líquido dorado que me invitaba a recibir su etílico estímulo. Estiré mi mano para coger el recipiente de cristal y llevármelo a la boca, cuando ocurrió algo impensado:
—¡Ja! ¡La solución del cobarde! —dijo una vocecita que por poco y me hace derramar el whisky  sobre el teclado.
Asustado, miré en todas direcciones buscando el origen de aquella voz, que parecía estar burlándose de mí, pero no logré ver a nadie.
—¿Se te perdió algo? —insistió con insolencia.
—Buena broma —dije yo, sin que la situación me causara la menor gracia—. Ahora muéstrate.
Silencio. Supuse que aquello habría sido objeto de mi imaginación, lo que me hizo temer cierta esquizofrenia, pero, después de sacudir la cabeza, me olvidé de ello y decidí volver a lo mío. Sin embargo,  mi mente prefería seguir divagando y pensando en aquella voz imaginaria que me había fastidiado.
—No te esfuerces —volvió a resonar, justo cuando me disponía a tipear—. No lo vas a conseguir.
—¿Por qué estás tan seguro? —pregunté yo, pasando por alto el hecho de estar conversando con las paredes.
—Porque no quiero que escribas.
—¿Y se puede saber quién demonios te crees que eres?
Silencio nuevamente. Un escalofrío recorrió mi espalda al terminar mi pregunta, momento mismo en que una pequeña figura humanoide se interpuso entre la pantalla y yo. “Mierda, de verdad es un demonio”, pensé al verlo tomar forma.
—¡Déjate de tonterías, los demonios no existen!
                Me quedé helado. ¿Cómo sabía lo que estaba pensando? Además, ¿por qué no iba a creer en la existencia de demonios, si estaba viendo a aquella criatura imposible allí mismo?
                —¿Qué te dije? ¡Los demonios no existen, y punto!
                —Ya, bueno, pero cálmate —atiné a decirle, cansado ya de su actitud agresiva.
                No debí llamarle la atención. Primero por el hecho de que no hay que hacer enojar a un demonio, aunque la criatura se empeñara en decirme que no lo era. Pero principalmente porque al instante siguiente, figuraba yo en el centro de la ciudad, en medio de una marcha de estudiantes, premunido de una vistosa espada japonesa.
                Aquello carecía por completo de sentido. Yo no tenía nada que estar haciendo allí, mucho menos armado, rodeado de jóvenes idealistas y policías con caras de pocos amigos. De pronto todo se volvió aún más confuso y, sin mediar provocación, los segundos comenzaron a aporrear a los primeros y, peor aún, las emprendieron en mi contra. Entonces, ignorando de dónde saqué el valor para hacerlo, saqué la espada de su vaina y comencé a lanzar cortes a diestra y siniestra, arrasando con cuanto policía se cruzaba en mi camino. Cada vez que veía a uno de ellos a la cara veía el rostro del pequeño demonio que me había arrebatado mi don más preciado, y con más furia me defendía.
                Cuando la intensidad la batalla disminuyó, me miré las manos y las pasé por mi cara cubierta de sudor. Los estudiantes me vitoreaban como a un héroe, pero según yo, había cometido un acto criminal atroz. Sin embargo, al voltearme a mirar el reguero de cadáveres que supuestamente había dejado a mi paso, me sorprendí al ver que de las cabezas y cuellos cercenados se asomaban restos metálicos, cables y fibras sintéticas.
                —¿Todo eso hay en tu cabeza? —inquirió el demonio que aún estaba parado ante la pantalla de mi computador—. Ahora si estoy convencido. Eres un sujeto raro, pero te respeto.
                Era la primera vez que le oía usar un tono algo más amable, aunque nunca supe si sus palabras ocultaban algún tipo de halago o qué. El caso es que no me gruñó más y me dijo:
                —Antes de irme, quiero pedirte una cosa.
                —¿Te vas tan pronto?
                —Si quieres que me quede, me quedo. Pero creo que mi presencia aún te incomoda.
                Tenía razón, mi pregunta era bastante estúpida.
                —Bueno, lo que te quería pedir —continuó—: cuando escribas sobre mí…
                —¿Si?
                —Deja bien clarito que no soy un demonio, ¿bueno?
                —Así lo haré. Te lo promet…
                No alcancé a terminar mi promesa. La criatura se desvaneció. Al final nunca supe qué era. Sólo sé que se dio el gusto de arrebatarme mi don más preciado, lo que a su vez me hizo ver cosas muy raras. Ah, y también sé que él no era un demonio. Está claro, ¿cierto?
               
                

martes, 4 de febrero de 2014

si te arrebataran tu don más preciado? II

SI ME ARREBATARAN MI DON MÁS PRECIADO,
INMEDIATAMENTE BUSCARÍA UNO NUEVO

Tras varias horas de viaje, Sandra tenía la sensación de que iba a necesitar un marcador indeleble para devolverle la forma a su integridad física. Estaba agotada, prácticamente no había podido dormir durante toda la noche, pero cargaba con una felicidad tan inmensa tras aquel memorable fin de semana, que bien poco le importaba.
Y es que los cerros de su norte querido son una maravilla inexplicable, que va más allá de los portentosos efectos de los cataclismos y la erosión con que el agua y el viento le han ido dando forma a esa tierra durante eones. Y es que se respira allí una energía fascinante, que es fácilmente perceptible, aún para el menos versado. Y Sandra estaba lejos de serlo. Ella conocía de sobra aquella sensación revitalizante y ese fin de semana se había dado el gusto de hacerla suya.
Durante toda su estadía en aquellos parajes remotos, alejados del ruido de la civilización, la rutina fue la misma: se levantaba muy temprano al amanecer, tomaba un nutritivo desayuno y se marchaba para recorrer los cerros durante horas, haciendo gala de una agilidad única. Al principio lo hizo con timidez, pues hasta la fecha no había probado sus nuevas habilidades, por lo que tenía la precaución de moverse con cautela, procurando mantener a la vista lugares seguros donde apoyarse. Pero a medida que fue ganando confianza, su cuerpo comenzó a experimentar la emoción que producía la adrenalina de ver como sus piernas eran capaces de impulsarla a dar saltos más de tres metros para alcanzar lugares que parecían inaccesibles hasta entonces. También su velocidad y resistencia eran impresionantes, lo que le permitió no solo recorrer largas distancias, sino también aventurarse por lugares  que hasta entonces desconocía, sin sentir el más mínimo cansancio.
Pero Sandra seguía siendo humana y tamaño esfuerzo físico término por agotarla. A pesar de ello, una vez que se bajó del bus, en lugar de irse a casa, partió de inmediato a su trabajo, pues tenía compromisos que atender.
Aquel día fue increíblemente aburrido, pero a Sandra parecía no importarle. El recuerdo de las aventuras vividas durante las jornadas anteriores era aliento suficiente para soportar el tedio de las interminables reuniones y el cansancio del viaje. Además, ansiaba la pronta llegada de un nuevo fin de semana, para salir a pasea cerca de la ciudad y volver a poner a prueba sus nuevas habilidades.
Sin embargo, al llegar a casa al anochecer, una desagradable sorpresa amenazaría con arruinar su glorioso estado de ánimo: al desempacar su maleta de viaje, comprobó que algo importante faltaba. Maquinalmente revisó el brazalete que rodeaba su antebrazo izquierdo, para ver si había de dejado instalado el objeto perdido, pero no lo encontró. Estaba segura de haberlo guardado en un estuche de su maleta, pero tras darle vueltas varias veces, no pudo encontrarlo. Al parecer, alguien había estado hurgando en su equipaje y sustrajo la pequeña tarjeta de grafeno, arrebatándole más preciado que un simple chip.
Al no tener con quien compartir o descargar su molestia, Sandra se fue a dormir pensando en qué lugar le podrían haber robado el implante milagroso que le había dado tan magníficas habilidades. Pero tan cansada estaba, que pronto logró conciliar un sueño profundo y reparador. Así, al despertar a la mañana siguiente, comprobó que su enfado se había desvanecido y que su humor había vuelto a ser el de los días pasados.
Salió de su casa muy contenta, pensando en lo que haría al mediodía, lo que hizo que la mañana se le pasara volando. Cuando por fin llegó la hora anhelada, en lugar de irse a almorzar, partió a una tienda cercana dispuesta a conseguirse un nuevo don.
—Buenas tardes —le saludó cordialmente el dependiente—, ¿en qué le puedo servir?
—Hola —contestó Sandra con una sonrisa—. Quiero un implante, por favor —dijo a continuación, exhibiendo el brazalete de su antebrazo.
—¿Busca alguno en particular?
—Mmm...
Sandra se tomó un momento para pensarlo, pues pese a estar decidida a adquirir uno nuevo, no estaba segura de lo que quería, en realidad. Creía que le bastaría con uno similar al que había perdido, pero en ese momento, frente al vendedor, tuvo la certeza de que no era eso lo que buscaba. Ella quería algo que pudiera apreciar de verdad.
—Ya sé —dijo con una sonrisa algo malévola—, ¿tienes alguno que me permita patearle el trasero al maldito bastardo que se atrevió a arrebatarme mi don más preciado?


martes, 5 de noviembre de 2013

si te arrebataran tu don más preciado? I

SI ME ARREBATARAN MI DON MÁS PRECIADO,
ME HUNDIRÍA EN EL FOSO MÁS PROFUNDO

En los ojos del muchacho se evidenciaba ese brillo especial que solo la tristeza es capaz de otorgar. Su mirada era el fiel reflejo de lo que sentía su alma, a través de ella podía apreciarse el dolor que quería estallar en un mar de lágrimas, pero que había sido incapaz de fluir. Tan intensa era la sensación, que Emilio llegó a pensar que el resplandor de sus ojos podía delatar su ubicación en la oscuridad. Era una sensación insoportable, pues, si había decidido ir a perderse en los bosques de su Comarca, era precisamente porque no quería ser encontrado.

Cansado de tanto deambular, se sentó bajo un frondoso árbol, apoyó la espalda contra el tronco, juntó un montoncito de piedras y las apiló al alcance de su mano. Después de juguetear con ellas por unos minutos, cogió una y la lanzó con fuerza. Decepcionado comprobó que el pequeño guijarro lejos estuvo de acertar en su blanco.  Si hubiese hecho lo mismo unos pocos días antes, el improvisado proyectil se habría estrellado estrepitosamente contra el piño que colgaba de las ramas del pino que tenía frente a sí. En lugar de eso, la piedra se había extraviado irremediablemente en la distancia. Emilio sabía que ocurriría lo mismo si volvía a intentarlo así, que se abstuvo de hacerlo, y abrazó sus piernas con resignación.

—Ya no vale la pena —se lamentó.

Ansioso por llorar, aunque fuesen un par de míseras lágrimas, el muchacho ocultó la cabeza entre las rodillas y trató de liberar su frustración. Pero fue inútil, el llanto se negaba a brindarle un momento de desahogo. Estiró su mano derecha, buscando a tientas las piedritas y, cuando logró dar con ellas, las aprisionó con tal furia dentro del puño, que éstas quedaron marcadas en la piel de su palma, casi al punto de provocarle llagas con sus afilados bordes. Cuando ya no aguantó más la dolorosa sensación, lanzó con todas sus fuerzas el manojo y dejó caer con dureza su mano abierta sobre el suelo. Era todo lo que podía hacer con su rabia.
Emilio estaba seguro que no había nadie en el mundo que fuese capaz de comprender lo que estaba sintiendo y, por lo mismo, se negaba regresar a casa, aun cuando sabía que sus padres debían estar preocupados por él. Pero se sentía incapaz de enfrentarlos, de mirarlos a la cara y pedirles perdón por haberlos humillado como lo había hecho. Sentía que en un sola jornada había mancillado el buen nombre de su padre y que había destrozado el corazón de su madre. Simplemente no tenía cara siquiera para pedirles perdón.

En lo que a él mismo se refería, por su parte, sentía que se había convertido en un ser incompleto, alguien a quien le habían arrebatado su don más preciado, aquello que más gozaba en la vida, lo que lo hacía diferente de los demás. Estaba herido, y comenzaba a culpar al mundo por su desgracia.

Un tercer día pasó desde que decidiera abandonarlo todo para perderse en el bosque. Conocía como nadie cada rincón de la floresta y sabía muy bien cuáles eran los lugares donde era menos probable que lo buscaran. Sin perjuicio de ello, se vio obligado a merodear siempre cerca de los arroyos, pues, a pesar de que tomaba mucha agua, siempre estaba sediento. Era extraño, pero quizás al cargar con una tristeza tan grande, era natural sentirse deshidratado. Pobre Emilio, iba a pasar mucho tiempo antes de que supiera la verdad.

Aquel tercer día fue el peor de todos. Despertó a causa de una intensa comezón que se apoderó del rasguño que lucía uno de sus brazos; además de los gritos, demasiado cercanos, de gente que lo buscaba. Preocupado por la posibilidad de ser descubierto, abandonó a toda prisa su refugio y se escabulló para recuperar los objetos que había abandonado en medio del bosque y que podían delatar su ubicación. La situación era bastante absurda, pues Emilio estaba lejos de ser un fugitivo. Todo lo contrario, si lo buscaban, era porque su familia estaba preocupada por él. Pero el muchacho era incapaz de darse cuenta de ello, estaba tan obnubilado por la rabia y el dolor que estaba sintiendo, que optó por vivir aquella experiencia en soledad.

Por ello, cuando se dio cuenta de la proximidad de quienes lo buscaban, Emilio apuró el tranco para encontrar sus pertenencias antes de que otro lo hiciera, pero su prisa lo llevó a ser más descuidado e impulsivo, exponiéndose a ser descubierto en un par de ocasiones. Era mucha gente la que andaba tras sus pasos, muchas personas que, según él, querían atraparlo para reprocharle su derrota, para burlarse de él en su cara, para humillarlo por su desgracia. Su enfado era como una nube cegadora, una cortina de engaño autoimpuesta, que le distorsionaba su percepción de la realidad. Y él se estaba abandonando a ella, dejándose llevar por sus malos pensamientos, por la desconfianza, por una suerte de torbellino emocional que lo estaba privando de razón.

Pese a todo, Emilio logró dar con los objetos abandonados antes que sus "perseguidores". Estaban tirados en el suelo, precariamente cubiertos por algunas hojas secas y algo de tierra, por lo que era bastante fácil apreciarlos a simple vista, a pesar de lo tupido que era el bosque en ese sector. Eso podría hacer pensar que Emilio había sido bastante negligente, si lo que pretendía era permanecer oculto en la floresta, sin poder ser hallado. Sin embargo, cuando se internó por los senderos boscosos, su única intención era encontrar un lugar apartado donde poder llorar a solas y en paz, sin que nadie lo molestara. Él simplemente había abandonado sus cosas para no cargar con el peso emocional que éstas representaban para él. Ahora no eran más que un estorbo.

Aún apremiado por la cercanía de aquellos que lo buscaban, Emilio cogió a toda prisa sus pertenencias y se dispuso a correr para perderse en lo más profundo del bosque. Pero antes de eso, por su mente pasó fugazmente un pensamiento macabro que, una vez que recapacitó sobre él, le espantó de sobremanera, obligándose a abandonarlo de inmediato. Y es que, a pesar de lo demencial de su situación, Emilio estaba lejos de convertirse en un ser maligno.

Una vez que el muchacho consiguió evadir a todos y cada uno de los grupos de búsqueda que andaban tras sus pasos, encontró su tan ansiada soledad. Pero, lejos de hallar en ésta un respiro, descubrió que para lo único que iba a servirle sería para dejar abiertas las puertas de su mente para ser invadida por los demonios que habían estado acechándolo desde el instante mismo en que abandonó el pueblo tres días atrás. No era de extrañar que ello coincidiera con el hecho de haber recuperado sus objetos perdidos... en realidad, todo tenía que ver con ellos.

Emilio permaneció prácticamente todo el día encaramado sobre un árbol de gruesas ramas, aferrado a sus pertenencias, atormentado por la idea de haber perdido para siempre su habilidad más asombrosa. De su cabeza comenzaron a surgir las más diversas y descabelladas ideas: por un momento creyó que había sucumbido por el pánico de enfrentar por primera vez un desafío ante una multitud tan numerosa, lo que era ridículo, dado su éxito inicial; luego pensó que quizás alguna clase de brujería le había arrebatado su don más preciado; también se le ocurrió que podría haber sido envenenado por algún rival para que fuera más fácil derrotarlo; tuvo de certeza de estar padeciendo de una grave enfermedad mental que lo estaba conduciendo a esa demencia; o que, tal vez, estaba encerrado en un sueño que parecía un loop interminable, una pesadilla sin final.

Emilio ansiaba con desesperación despertar en su cama y que todo volviera a ser normal. Poder ver el rostro bello y tierno de su madre, la sonrisa cómplice de su padre, la alegría viva que iluminaba permanentemente su hogar. Pero, por más que lo deseaba, nada de eso ocurría. El seguía sentado en su rama-refugio, acongojado, viendo como la luz del sol se apagaba para dar paso a las primeras estrellas nocturnas. Los sonidos del bosque a esa hora eran un poco estremecedores. Ya no se sentía seguro, ni cómodo. Por el contrario, estaba hambriento, sucio, tembloroso y sediento.

Sin saber qué hacer, el muchacho alzó ante su mirada uno de los objetos recuperados y evocó lo ocurrido tres días atrás. Recordó vívidamente los vítores de la multitud, que había estallado en júbilo con su primer disparo. Había sido todo lo que la gente esperaba de él y, por eso, le resultaba imposible explicar qué había ocurrido a continuación. Lo que comenzó como una experiencia espléndida, se transformó repentinamente en la mayor de sus frustraciones, en un fracaso tras otro. En cuestión de minutos su mundo se había desmoronado.

Cansado de recordar, sacudió la cabeza y pensó en aquello que tanto lo había desconcertado horas antes. No podía creer que su mente le hubiese jugado una pasada tan mala. Afortunadamente el otro objeto estaba vacío. Por suerte no habían flechas en su carcaj con las que pudiera haber lastimado a alguien. Él no era así, ni quería serlo.

Envolvió con su túnica el arco y el carcaj que sus padres le habían regalado, aquello objetos que, en lugar de darle alegría, solo le traían recuerdos del peor día de su vida. Leyó por última vez la inscripción grabada en su arco y los ocultó en un hueco que había en el tronco del árbol. Era hora de volver a casa, el hambre le había ganado la batalla a la vergüenza.

Mientras avanzaba a tientas por los sombríos senderos del bosque anochecido, mascullaba entre dientes la ira que no había podido aplacar. Sentía que la vida se había encargado de arrebatarle su don más preciado y eso no se lo iba a perdonar. La desgracia hundiría a Emilio de Castbaleón en el foso de oscuridad más profundo. Y arrastraría a todo su mundo con él.