LIMPIARÍA
CHILE DE CORRUPTOS,
SINVERGÜENZAS
Y DELINCUENTES
Al principio no era más que una
leyenda urbana, un mito ilógico que había surgido de excéntricas charlas de
borrachos del interior de un bar de mala muerte o de un exótico pub. Más tarde
la leyenda cobró vida, pero la opinión generalizada apuntaba a que el Sujeto Desconocido
era sólo un chalado. No faltaron los que, incluso, llegaron a aplaudir sus
actos. Mal que mal, no hacía otra cosa que limpiar las calles de Santiago.
Nadie lloraría a un par de criminales menos infestando el alma de la ciudad.
Pero la opinión de esos pocos
estaba próxima a cambiar. Claro, cualquiera cambia cuando tocan sus intereses.
Sea como sea, el cambio del Sujeto Desconocido fue paulatino. De simples
delincuentes callejeros, pasó a criminales peligrosos y más tarde a
funcionarios corruptos. Pero los más recientes ataques a determinados edificios
tenían el sello de este legendario sujeto, y los poderosos comenzaron a
temblar.
Durante tres noches seguidas se
registraron estruendosas explosiones en varias dependencias de una prestigiosa
compañía administradora de pensiones, provocando cuantiosos daños materiales.
Los ataques, que de inmediato conmocionaron a la opinión pública, podrían haberse
atribuido a algún tipo de grupo subversivo, salvo por un pequeño detalle que
puso bajo sospecha al mismo Sujeto Desconocido: en todos los edificios atacados
podía leerse rayada la leyenda “la limpieza recién comienza”. La misma
inscripción había sido encontrada en panfletos abandonados en los lugares de
sus ataques anteriores.
El Gobierno de inmediato se
avocó a la labor de su identificación y captura, poniendo a sus mejores
recursos a cargo de la investigación, pero no logró dar con él sino hasta que
fue demasiado tarde.
*
Eduardo había sido por años un
notable caso de estudio para los neurólogos. Durante mucho tiempo, los
especialistas habían sido incapaces de determinar por qué había nacido
imposibilitado de sentir el más mínimo temor. Y no es que él fuera
excepcionalmente valiente, sino que jamás había tenido que enfrentar al miedo,
pues no podía sentirlo, no lo conocía. Ello muchas veces lo había llevado a
ponerse innecesariamente en situaciones de peligro para su integridad física
sin que le importara en lo absoluto.
Una posible explicación a este
fenómeno la planteó un experto neurocirujano que tenía vasta experiencia en
estudios acerca del miedo, quien sometió a Eduardo a numerosos exámenes, luego
de ser liberado tras estar un par de meses en prisión. Su conclusión: el sujeto
había nacido con una lesión en la corteza cingular anterior del cerebro, que
resultaba ser incurable. Ello lo habría motivado a tomar algunas decisiones
radicales en su vida, de aquellas que la mayoría de la gente se abstiene por
temor a sufrir algún mal, las que finalmente acabaron llevándolo a la cárcel.
Todo comenzó con las palabras de
un viejo amigo que quedaron grabadas a fuego en la mente de Eduardo, durante un
encuentro en el que primaron las bebidas alcohólicas y la buen comida:
—Oye, compadre —dijo—, si yo
fuera como tú, limpiaría todo el país de corruptos sinvergüenzas y delincuentes
de todo tipo… voh podríai ser un auténtico “Súper Pollo”.
En aquella ocasión todos rieron
a carcajadas, pero jamás imaginaron que, a la larga, Eduardo se lo tomaría muy
en serio.
El primer evento ocurrió poco
tiempo después de aquella reunión. Eduardo se encontraba detenido ante la luz
roja de un semáforo, cuando presenció como un sujeto le arrebataba en forma
sorpresiva su teléfono celular a una joven que se disponía a cruzar la calle.
Él, casi sin pensarlo, pisó el acelerador, ignorando la señal de detención y se
lanzó en persecución del individuo, al cual logró dar caza a un par de cuadras.
Tal era su prisa, que se subió a la vereda haciendo que el delincuente se
estrellara contra el costado del vehículo. Eduardo no demoró en actuar, se bajó
del auto y, premunido de la llave de tuercas de los neumáticos, le propinó una
paliza descomunal al individuo. Luego le arrebató el teléfono robado, se subió
con toda calma a su automóvil y se devolvió en busca de la propietaria del
aparato. La chica, agradecida del gesto de este improvisado héroe, ni siquiera
se preguntó cómo había sido capaz de recuperar el equipo.
Situaciones como esa comenzaron a
repetirse, con la diferencia que Eduardo comenzó a buscarlas. En más de una
ocasión terminó con heridas cortantes, incluso en alguna oportunidad una bala
por poco le da en el estómago. Pero él ni se inmutaba. Nada le asustaba y eso
era una ventaja para esta suerte de vigilante en la que se estaba convirtiendo,
pero el costo para su propia seguridad era demasiado alto, algo que él mismo
era incapaz de dimensionar. En particular tomando en cuenta que la ausencia de
miedo no significaba una falta de emoción en lo que hacía, lo que produjo en él
un gozo cada vez mayor con la adrenalina que le provocaba enfrentar
delincuentes.
Ya cuando se hubo acostumbrado a
este papel de vigilante, tomó la decisión de dejar su firma en cada uno de sus
actos heroicos. Así fue como, cada vez que la policía daba con uno de los
criminales que habían sufrido el castigo de Eduardo, encontraban junto al
malogrado un papel en el que se leía la consigna "la limpieza recién
comienza".
Así, la cruzada de Eduardo sólo
tenía como blanco a meros delincuentes comunes, muchos de ellos realmente
peligrosos y violentos. Pero poco a poco su limpieza comenzaría a escalar y se
tornaría algo personal. La primera vez que varió su modus operandi fue justo el
día después que un funcionario de dudosa reputación le amenazó con las penas
del infierno si no lo sobornaba para evitar el pago de una multa de tránsito
que le habían cursado, precisamente uno de aquellos días en que había
abandonado su auto para hacer papilla a un asaltante. Eduardo quiso quejarse
con el juez, pero le fue imposible acercarse a él siquiera y terminó en un
calabozo por desacato. Ser víctima de semejante acto de corrupción le hizo
hervir la sangre al punto que elaboró un minucioso plan para castigarlo. Haciendo
uso de sus conocimientos en mecánica, se apoderó del automóvil del corrupto
durante toda una mañana, mientras éste cumplía su jornada de trabajo y efectuó
algunos "ajustes" clandestinos a la máquina. Horas más tarde, el
corrupto era llevado en una ambulancia rumbo a un centro asistencial para ser
atendido por las lesiones que sufrió en un accidente de tránsito. Lo más
llamativo del caso era que, en el airbag del vehículo se leía la inscripción
"la limpieza recién comienza".
A esas alturas parecía que la
temeridad de Eduardo había tocado techo, y las autoridades comenzaron a
preocuparse. La leyenda de la aparición de un vigilante en la ciudad se estaba
esparciendo como la pólvora y muchos se vieron tentados a imitarlo, y su firma
comenzó a replicarse en distintos puntos de la ciudad. La diferencia, como lo
notaría un detective más tarde, estaba en que Eduardo nunca buscó realmente un
beneficio personal y sólo reaccionaba a lo que él consideraba injusto o
ilegítimo. Así lo pudo comprobar cuando lo entrevistó en la comisaría luego de
su detención.
La historia de su arresto es
algo confusa. Algunos creen, aún hoy, que Eduardo buscó intencionalmente ser
capturado, con la finalidad de detener la ola de ataques que se había producido
utilizando su sello. Otros simplemente piensan que cayó en la cárcel producto
de su temeridad y total desconocimiento del miedo. Lo único claro, es que
estaba furioso y, si se piensa racionalmente, sus razones tenía, pues fueron
varios los abusos que no sólo presenció, sino de los que también fue víctima.
El primer evento ocurrió al
momento del retiro de su madre, pues, pese a haber trabajado durante toda su
vida adulta, obtendría una pensión que parecía una miseria. Eduardo reaccionó
indignado y orquestó un plan para atacar varias sucursales del organismo de
pensiones, tan meticuloso que parecía ser obra de grupos subversivos. Sin
embargo, el trabajo era obra suya y, por lo tanto, firmó cada uno de los
edificios atacados.
Pero eso no lo dejó contento,
sobre todo después de que le embargaran su auto, su bien más preciado, por una
deuda ridícula que no quiso pagar, porque le habían subido unilateral y
arbitrariamente las comisiones de su tarjeta de crédito. Fue entonces que
Eduardo perdió los estribos y determinó que esta vez eran quienes
verdaderamente envenenaban el alma de su país lo que tenían que pagar. Y por
eso fue que se apareció en un prestigioso evento empresarial, entre cuyos
asistentes se encontraba lo más granado de la élite económica y política,
incluyendo a Ministros de Estado, ataviado con un vistoso chaleco bomba y un detonador en una de sus
manos. La conmoción y el caos fueron totales. Eduardo se encontró rodeado de
hombres armados dispuestos a dispararle, pero él ni se inmutó ni lanzó
exigencia o consigna alguna. Pasaron varias horas de extrema tensión, hasta
que, cansado de que le preguntaran cuáles eran sus demandas, Eduardo se acercó
a la testera y habló:
—Ustedes merecen lo que va a
pasarles, porque ustedes son los que envenenan el alma de este país con su
inmunda avaricia. Corrompen todo lo que tocan y ya no estoy dispuesto a seguir
tolerándolo. Por eso, hoy, cuando acabe con ustedes, la limpieza llegará a su
fin.
Luego de eso se oyó un disparo.
Eduardo cayó herido y, al soltarse el detonador de su mano, se produjo una leve
explosión que causó un impacto tremendo entre los aterrorizados asistentes. Acto
seguido, del chaleco de Eduardo brotaron miles de tiras de papel picado que se
esparcieron por todo el lugar, ante las miradas atónitas y horrorizadas de
éstos. En cada uno de ellos estaba escrita con tinta roja la frase "la
limpieza ha llegado a su fin".
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